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En el 2018 comencé mi formación en Educación Social y por aquellos entonces lo que solíamos escuchar clase tras clase y año tras año era qué es ser Educador/a Social y de qué iba la distancia óptima. Incluso muchos avanzamos en la formación sin aún tener una respuesta clara o una posición totalmente asumida o concreta frente a tales preguntas.
Los educadores/as sociales en nuestra tarea “levantamos la bandera” de aquellos que viven situaciones de vulnerabilidad social, trabajamos con el dolor ajeno, con las faltas de oportunidades, con aquello que no es justo, con aquello que no es propio pero es necesario visualizar y accionar, poder revertir y de ser posible reparar. Atravesamos una formación de 4 años de materias más un año de monografía, pero en todo este panorama planteado hay varias aristas que me gustaría (al menos) mencionar como posibles disparadores para pensar en conjunto una temática muy poco abordada.
Como disparador, dentro y fuera de la currícula académica no se nos prepara para afrontar el cotidiano en los diversos dispositivos/programas en los que trabajamos y con las diversas poblaciones, no se nos prepara para las diversas y complejisimas situaciones que acompañamos, no se nos prepara para las trabas institucionales o la falta de recursos, no se nos prepara para la falta de reconocimiento del rol, no se nos prepara para trabajar en condiciones sumamente precarizadas. No se nos prepara para trabajar inmersas en la violencia. No hay espacios de diálogo e intercambio que pongan en juego estos ejes temáticos fuera ni dentro de los ámbitos educativos sociales de formación.
Cuando realicé mi última práctica, intercambiando con mi docente de ese año, hablando justo sobre este tema del desgaste emocional que conlleva la tarea de ser educador social y lo complejo que es separarse del trabajo, se puso en la mesa el porqué no pensar en la idea de un posible acompañamiento a educadores sociales frente a posibles situaciones que puedan afectar su salud emocional, mental y física, entendiendo que en otras formaciones sociales como lo es Psicología y atendiendo la gran demanda emocional que conlleva es un deber cuasi ético poder pensar estas cuestiones. ¿Sería tan disparatado entre las luchas por el reconocimiento de nuestra formación levantar esta bandera por nuestra salud mental?
Vale aclarar que acá la idea no es romantizar ni endemoniar nuestra profesión, simplemente es poder poner en líneas disparadoras una temática que debiera ser abordada con la seriedad que corresponde, ya que la salud mental es un derecho de cualquier ser humano.
Ojala la educación social siga avanzando, modificando su accionar y reconocimiento pleno, y entre ellos el derecho a la salud mental y garantizar la misma a los futuros profesionales que llevamos adelante la tarea, creando espacios de intercambio, diálogo, acompañamiento, recursos para poder cuidarnos a los que sostenemos los espacios y resignificamos la educación social y redes de intercambio de estas y otras temáticas que nos interpelan como profesionales de la educación.


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